La intención es disfrazar mis palabras en un cuento, en una historia. No me considero un tipo bueno para esto, no soy más que alguien que necesita vivir para contar experiencias. No creo que esto, que este texto, este amontonamiento de palabras me lleve a escribir al diario Clarín o a La Nación, tampoco es lo que pretendo, pongo los pies sobre la tierra y solo me dispongo a contar una historia que será recordada para siempre por la gente de este, mi pueblo.
En la vida hay momentos sublimes, inmaculados, esos que uno desea con todas las fuerzas de su corazón que no transcurran mas, que se queden ahí inmóviles, estupefactos, imborrables.
Aquel día parece ser que todo estuvo armado, porque desde la mañana parece que el Dios sol insinuaba algo, con el animo de perro que volteo la olla, sin decir nada, sin aguardarlo.
Para meterse un poco en el clima de lo que pasaría a la noche no había mas que irse a la panadería, al súper, a la carnicería o a cualquier lugar donde haya dos o mas personas como para enterarse del suceso, pero no debían ser cualquier personas, tenían que ser de esas sentimentales, apasionadas, fatalistas, que estaban al tanto de todo, que eran de una o de otra vereda, que entendían lo que aquello significaba, que sabían que después de aquel acontecimiento, las cosas no serian iguales, que las vidas de la gente del pueblo tomaría otro rumbo, que todo era cielo o infierno, que todo era burla o alegría, se enfrentaban los dos equipos mas grandes de la ciudad, los perpetuos archi rivales, en un partido por la Liga B de básquet, algo que la daba aun mas dramatismo, por el nivel que esto significaba, por lo importante que era, mas que cualquier otro merito, el honor del barrio, la alegría de la gente, “el ganar el clásico”.
Por la tarde, de una manera de pasar el calor que hacia cuando por aquel tiempo, la primavera parecía haberse envuelto en fuego, y nos azotaba como un castigo divino.
Era cosa de compartir tereres bajo el árbol o en el comedor fresco de algún amigo y hablar de “eso”, del suceso, de lo que a pocas horas estaba de ocurrir. Entonces todos los que nos juntábamos éramos una mezcla de filósofos deportivos con analistas sociales. Creíamos en el equipo, porque en eso radica la razón de ser hincha, confiar, convencerse de que todo se puede, aunque había que ir allá, a lo lejos, en la cancha de ellos, donde teníamos el maldito karma de que las cosas se nos compliquen. Y para darnos aun mas manija, leíamos estadísticas, éramos masoquistas por naturaleza, porque nada era a favor nuestro, estábamos en el mismo infierno antes de que todo arranque, antes de que la caprichosa naranja comience a volar por los aires, pero en fin, estábamos ahí dando opiniones y divagando en lo que podía llegar a ser, siempre con el subjetivismo del fanático, que divaga a su favor, que imagina que lo mas increíble pase y todo sea perfecto, memorable.
Llego la hora, y yo con mi amigo, cortados los dos por la misma tijera, hartos de pseudo masoquismo, éramos tan marmotas que no íbamos a ir al partido. Pensábamos y re pensábamos de que si perdíamos, como estaba escrito en todos lados, nos esconderíamos al instante, sin que nadie supiera que existíamos en el mundo, y además, para no verles las caras de felicidad a esos infelices. Por otro lado, habíamos concluido que si ganábamos, apareceríamos de la nada de inmediato para unirnos en un abrazo triunfal con los demás hinchas.
Así fue que estábamos ahí nosotros. Mi vieja preparando sándwiches de miga, con su oreja pegada a la pequeña radio que habíamos encendido para esperar el partido, estaba la radio y todos sentados alrededor, como si fuese un fogón. Mirándola estupefactos como si fuera a emitir imágenes. Fue en ese momento cuando Dios se apareció por primera vez y comenzó a torcer la historia. Apareció por mi casa un amigo al que no veía hace tiempo y que había llegado hace una semana atrás. Llega con una entrada mas y viéndonos ahí sentados con la cara de aquel que esta por ser fusilados, nos dijo: “¿Como, no van a ir al partido?, acá me quedo una entrada…”, y ahí me encendí, mire a mi cómplice en esto y una leve sonrisa se le dibujo en el rostro y con vos de ultimo suplicio solo atino a decir: “Charly, no vamos a aguantar acá sentados…” y esa fue la señal, esas fueron las palabras justas para que yo de un salto y me ponga la camiseta de Progre y en tres pasos ya estuviéramos rumbo a la cancha.
Y allá estaban todos, en un rincón de la cancha nuestra hinchada, con lo importante que son los rincones en la vida, postal roja y blanca del alma pintarrajeados con banderas, camisetas y gorros. Y en todo lo restante del estadio estaban ellos, con sus caras de jolgorio, preparándose para lo que en el prologo era un tramite mas, lo que era el tren hacia el paraíso, ellos inundaban el estadio, nosotros apretujados allá en el fondo.
Nos dispusimos con mi amigo en los tablones, desde ya entrando en clima déle saltar y sacudir las banderas. La alegría y el aliento era tal que se nos desplomo la tribuna de bandera y casi terminamos todos en el suelo.
El partido transcurrió en un estado de coma, veíamos los harapos de algo que se terminaba, que se moría lentamente. La mas cruda de las realidades comenzaba a cachetearnos las ansias de llevarnos la victoria. Cuando apenas nos podíamos adelantar en el marcador, ellos con alguna bomba nos pasaban de nuevo arriba y otra vez ese suplicio incesante de vernos derrotados.
Hasta que paso lo que Dios y otros tantos santos quisieron. Fue la segunda vez que Dios se figuro ante mi aquel día. El partido estaba empatado y ellos tenían la pelota, nuestra hincada era un silencio sepulcral, yo estoy seguro de que la muerte estaba sentado al lado nuestro aquel día, tengo la absoluta certeza de que el cementerio se mudo de esquina y se vistió con la postal de nuestras caras.
Se para nuestro verdugo en la línea de simples con 4 segundos por jugar. Bajaron todos los silbidos que pudimos. Con mi amigo nos miramos dándonos el pésame mayor que un mortal puede dar, ya estábamos condenados, ya no había vuelta atrás. De tanto que luchamos íbamos a tener que verles las caras a esos infelices y agachar la cabeza con ese sabor amargo que deja la derrota. Sabíamos con solo mirarnos que se nos arruinaba todo el fin de semana, que todo aquello que podamos llegar a disfrutar no iba a ser como queríamos, porque perdíamos, porque era la burla de la ciudad, porque había que irse a dormir temprano y no salir por el resto de la semana a la calle.
Es así que este tipo tira los dos simples y el muy desgraciado mete los dos, y yo estoy muy convencido, casi entregado a la magia divina de que nadie, ni el hincha mas optimista pudo haberse imaginado lo que sucedió.
Volviendo a la escena, solo quedaban 4 segundos, si, como lo leen, solo 4 SEGUNDOS por jugar y nuestro equipo pide minuto, por lo que sacaríamos del medio (mas cerca del aro) y teníamos la ultima bola de la noche.
Yo ya no puedo entrar en detalles en ese momento, porque yo era una planta, un ficus o un sauce llorón, ya me había enancado para tirarme a llorar en la tribuna de madera destrozada, y ahí fue, en ese instante, cuando apareció Dios. Estaba de vacaciones, o bien, en uno de esos recreos que suele pegarse para así darse una vuelta aquella noche por el estadio, con su dedo, en un acto de conversión, lo toco a un muchacho que en ese entonces portaba la Nº6 y le dijo que sea su enviado por esa noche, por ese momento, porque estaba cansado de siempre ser él, el que se encargue de todo. Fue así que este pibe recibió la pelota mas pesada de su vida, esas que nadie quiere agarrar, la pico de un lado al otro, de una manera brusca, como bailando con ella un malambo. Mis ojos se abrieron como un dos de oro, gigantescos, impávidos. El tipo la pico y justo cuando viene la marca del adversario, la tira por los aires. Y ahí fue cuando el mundo se detuvo, cuando la magia te atrapa para que no salgas ileso de ella, para que a uno le den ganas de llorar, para comprender que no solo se llora de tristezas en esta vida, para entender de una vez por todas de que Dios existe y mas cuando lo necesitas, cuando hay que torcer el rumbo de las cosas, cuando hay que cambiar la historia.
La pelota cayó como una tromba, enterrándose en el aro en una ráfaga de un minuto en el que la cancha se inundo de nuestra gente, en un minuto en el que no alcance a abrazarme con mi amigo porque los dos andábamos despavoridos corriendo por el parqué, en un minuto en el que mi hermana que ya se iba, hoyo una explosión vivaz de gritos y su resignación se convirtió en feroz felicidad, en un minuto en que entendí que la gente tiene esa necesidad de no sentirse nadie, cuando a la gente le hacen falta estas alegrías, estos pasos fugaces de desazón a algarabía.
Y ahí estaban ellos, los locales, nuestros rivales, con sus caras dadas vueltas, porque sabían que esa pelota estaba ahí para toda la eternidad, que no se podía torcer mas el rumbo, que ya todo estaba en la nada, que en su propia casa le pisoteaban la alfombra y le orinaban sobre la mesa de la cocina, que en su propia casa le daban una paliza digna de David y Goliat. Y enfrente estábamos nosotros, los que hasta hace un minuto estábamos en el mas crudo de los infiernos y volvíamos a encumbrarnos al paraíso sagrado, con el corazón alegre con ganas de salir a retozar por allí.
La historia había dado un rumbo, la vida tenía otro color para nosotros, para los nadies, para los que necesitamos de estas cosas. Para los que con el pasar de tiempo y seamos unos “nonos” viejos podamos contarle a los pibes abriéndonos un poco un espacio en el alma, que aquella noche quedara marcada para siempre, para la eternidad, como “esas cosas que uno guarda…”
Saludos gente…
Me voy….como quien se desangra..