sábado, 24 de septiembre de 2011

Me van a tener que disculpar...

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor , porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritos veintidós renglones hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida picando una pelota.
Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre la gente, es casi una rutina. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Nosotros, los de su familia, los hinchas de Progre gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno a la hora del mate a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna pavada como: “ Y, no sé, habría que pensarlo”, o tal vez arriesgo un “vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta”.Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos, familiares y conocidos al suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a esos momentos, como esas dos noches sublimes en las que ÉL SOLO, les clavó setenta puntos en dos partidos al clásico rival, y la gente se olvidó. O cuando nos llevó de la manito a las puertas del ascenso al TNA pero la desgracia en Sáenz Peña fue más fuerte,o aquella vez en Tucumán cuando paradito en la línea de simples, inmóvil, nos dio el triunfo en la lejanía del norte y después ése día, esa noche inolvidable en la que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el básquet, para él y para mí.
Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también, al igual que la tarde.Y la noche arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y diez tipos. Y otros miles de tipos comiéndose los codos delante de la radio, en los puntos más distantes de la provincia.
Pero ojo, que esa noche es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que escuchan la radio. Porque venían dolidos, álgidos de tantas frustraciones, y el equipo diezmado. Pero ahí está la cancha, el básquet, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor se va a amainar un poco, vamos a tener sonrisas una semana .Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”, ni a estos les podemos ganar.¿Con que cara cruzamos ahora por el Snack?...Así que están ahí los tipos. Los cinco tuyos y los cinco de ellos. Es básquet, pero es mucho más que básquet. Porque muchos necesitan de Progre para curar heridas arrastradas ¿sabes hermano?, porque son cuarenta minutos de olvidar angustias ¿vió?. Por eso no es sólo básquet.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Porque lo tenían liquidado, porque había que volverse en cole mil kilómetros con la cabeza baja. Porque no lo pueden creer que el tipo se les plante, agarre la ultima pelota, se mande, tire un pase con devolución y ataque el aro para meter el doble, empate.
Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente.Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Le hacen un foul, los de atrás se agarran la cabeza, en sus casas por la radio pedís atención médica, que te alcanzen por favor el Rivotril, pero a él no le bastaba con empatarlo,él quería ganarlo, él es así.
Se planta otra vez en la línea de simples y mete el simple con el tiempo ya muerto para ganar el partido por uno, allá, en Buenos Aires, a miles de kilómetros de su pueblo, con su familia enfervorizada seguramente en el comedor, con su viejo escondido en el baño, para que el hincha de Progre sienta que el corazón se le sale del pecho.Para que ellos no se lo olviden nunca. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que la pelota va a pegar en el aro y va a salir, que van a empatar y lo van a ganar en suplementario, que alguien va a hacer algo antes de que la pelota sin pedir permiso se meta en el aro, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios manda, porque en el básquet tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla, los de Progre en cambio se pellizcan, no lo pueden creer, se abrazan, se besan, se acarician como copulando al igual que perros guachos, porque ahí quedó la bola para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos,
representados en las estrellas, a lo lejos, por la radio, sin todavía despertarse.
Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo además de todo lo dicho, ese partido con GEVP.Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas, con su carácter, con su locura. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria....

(Pepista incurable, Progresista incorregible...declarado...)

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