Todavía Cantamos
No había lugar para la desesperanza, como le dijo alguna vez Onetti a Borges: "Nunca escribas contra la esperanza...", porque Progre fue canción, desde temprano, mientras las brasas comenzaban a crepitar en la parrilla, con esa bandera insuperable de "La Monada" que después de desmenuzar el vino turbio subió en forma de ciempies humano, uno a uno los tablones, bien allá arriba para comenzar con el aliento.
No había espacio para la resignacion, por todo lo hablado en la semana, eso de que "vienen bien y ahora se caen", estaba en el estandarte que ven los grandes y pequeños, en ese Laphizborde que no puede ni con su alma, pero que está ahí, para robarse dignamente algunas pelotas y despilfarrar con estilo algunos pases mitologicos.
No había tiempo para la angustia, porque estaban los del riñon, esos "pequeños grandes hombres" curtidos del Club, esos niños "que no dejan ya de joder con la pelota", "Pepo" y "Pitu", que contagian, que invitan al alboroto, al animo, a llenar caminos oscuros con su luz propia, ese Avalle descomunal que juega a lo hincha, con sus virtudes y miserias, pero sacando lo mejor de si, aunque la taba no siempre caiga de culo, y ese pequeñín rubio, de mestizaje alemán, que vuela por el solo arte de volar, al que los más chicos miran con asombro mientras el se mezcla allá en lo alto con las nubes para dejar la pelota dormida al lado del aro, ¿como uno no va a caminar al borde del "colapsus" si estos dos nos revientan el corazon?.
No había chance de morirse un poco, porque andaba Rasio yirando por ahí, ese pibe que está volviendo a ser ese que veíamos al comienzo, el que marcha y rompe yendo al frente, el de zapatillas "rosa glamour", como su juego, como su mistica.
Progre es así, capaz de llevarte del infierno al purgatorio en un rato, sin medias tintas, porque te sube la adrenalina con La Monada que canta, con Pitu que vuela, y que a la vez te para el corazón y te estremece con ese mismo Pitu lesionado. Y al rato nomás el estadio se convertía en el teatro Colón para presenciar esa volcada de Dilligard sobre el final, para ponerle el broche de oro y diamantes al final, mientras, allá, la noche clavaba un puñal amargo y triste, y se encendían las velas cual velorio portátil de gente muerta que abandonaba.
"...Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos;por un día distinto sin apremios ni ayuno sin temor y sin llanto, porque vuelvan al NIDO nuestros SERES QUERIDOS..."


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